Resumen: The Cult en Argentina

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En esta suerte de semana del héroe de la guitarra que estamos viviendo en Buenos Aires, después de las clases de Pete Townshend y Slash en La Plata, ayer fue el turno de Billy Duffy en el Luna Park. “Qué bueno que estuvo, ¿no me acordaba que el guitarrista tocaba tanto?”, se sorprendía Richard Coleman, entre el público, una vez que The Cult había terminado su faena con el siempre pirotécnico “Love Removal Machine”. A seis años de su última visita, la banda comandada por Ian Astbury y Billy Duffy mostró su versión más rockera con una seguidilla de hits apuntalados por el disco que torció el rumbo de la banda allá por 1987: Electric.

De allí salieron el primero (“Wild Flower”) y el último tema del concierto de anoche, con la guitarra de Duffy siempre al frente, a todo volumen y guiando al resto del grupo durante la hora y media que duró el show. Esta banda inglesa que dio sus primeros pasos en la era del post punk y la new wave para luego apoyarse en el hard rock más clásico, ofrece por estos días arriba del escenario una descarga eléctrica que parece haber sepultado su costado místico-psicodélico-gótico. Tanto así que los clásicos de Love, el álbum anterior a Electric con el que The Cult llamó la atención en la escena británica, sonaron ayer recargados, siempre con Duffy al mando de la situación y con un Astbury en el rol de gran entretenedor más que de voz cantante. Así sonaron “Rain”, “Nirvana” e inclusive “She Sells Sanctuary”.

El instinto guitarrero del show dejó en claro también que la experiencia compositiva del último álbum, Hidden City (Ciudad Oculta, título inspirado por una remera que Carlos Tévez mostró luego de convertir un gol cuando aún jugaba en la Juventus), basada en el piano, fue apenas eso, una experiencia, una búsqueda de estudio. Aquí, en escena, el amo y señor es Duffy, su guitarra y un puñado de riff memorables, tan simples como contundentes. “Lil Devil” y “Peace Dog” (también de Electric), “Sweet Soul Sister”, “Fire Woman” y “King Contrary Man” dan cuenta del poderío creativo de este guitarrista nacido en Manchester, con residencia en Los Ángeles, criado a base de punk inglés y macerado por el rock de la costa oeste norteamericana. Duffy mezcla las dosis justas de inventiva pasional británica y virtuosismo racional yanqui.

A más de treinta años de su formación, la sociedad Astbury-Duffy continúa firme y busca “nueva sangre”, como llamó al público ubicado en el campo de un Luna Park colmado (dando cuenta del crecimiento de sus seguidores locales, ya que en su última visita, en 2011, la banda no pudo llenar un teatro Vórterix). Por eso la lista de temas también se nutrió de cuatro de las canciones de su álbum más reciente, que lograron acomodarse con solvencia entre tanto fuego sagrado.

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