The Who: La historia del rock dio una clase magistral en La Plata. Por Sebastián Espósito

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Un volcán que desde hace más de 50 años está en erupción. “Un sauna de lava eléctrico”, como diría Luis Alberto Spinetta. The Who en vivo es un torbellino de sensaciones personales y colectivas. Y cuando ambas se cruzan se producen vibraciones, choques de energía entre ese aluvión de información y sentimientos. Pueden estar tocando “My Generation” o “Amazing Journey”. “Who Are You” o “See Me, Feel Me”. Da lo mismo. La canción sólo es una referencia, lo que importa es la transformación que experimentamos en ese instante en el que Roger Daltrey canta como si fuera la primera vez aquello que entonó un millón de veces. El momento en el que apreciamos el remolino de Pete Townshend; su estampa de guitar hero inoxidable. No lo veremos saltar como en esas imágenes de décadas pasadas, pero lo veremos transmitir una de las lecciones más importantes que debe aprender todo joven rockero: no sólo es importante saber tocar, a veces es tanto o más importante parecerlo.

La fantasía rockera escribió un nuevo capítulo en la fría noche del domingo. Esos hombres de más de 70 años que están interpretando “My Generation” ya no están abandonando los usos y costumbres de sus mayores para crear los propios, sino compartiendo sus vivencias. Mientras la enorme pantalla trasera recorre la historia, con fotos en las que lucen jóvenes y vivos Keith Moon y John Entwistle (batería y bajo de la formación original), los dos señores de adelante la siguen escribiendo.

Una lista de diecisiete canciones parece poco para ese viaje en el tiempo que proponen Daltrey y Townshend y que ejecutan a la perfección tanto con la base conformada por el hijo de Ringo Starr, Zak Starkey (hace dos décadas que toca en la banda), y el sesionista preferido por los pesos pesados del rock, Pino Palladino, como con los otros músicos que ayudan a completar el arco sonoro y estético de la banda.

Porque en esos ochenta minutos que los Who condensan seis décadas de historia la furia y la calma se dan la mano, los cuelgues psicodélicos y las descargas tan eléctricas como primales se complementan. Pasajes de Quadrophenia (“Love, Reign O’er Me”) y Tommy (“Pinball Wizard”) preparan el terreno para que lleguen, sin que medien palabras ni gestos demagogos, “Baba O’Riley” y “Won’t Get Fooled Again”. Es el final. Y es el comienzo. Queremos más. Queremos “Substitute”, por ejemplo. Pero antes de ir al Único ya habíamos aceptado las condiciones. Los Who abrirían la noche de los Guns y, después de esa cancelación que nos privó de verlos una década atrás, aceptamos sin ver la letra chica. Vuelvan pronto.ß Sebastián Espósito

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